¿Cuáles han sido los retos más relevantes que has tenido que afrontar en materia de comunicación a lo largo de tu trayectoria profesional?

Aunque suele decirse que el mayor reto es el que está por venir, la llamada del presidente para proponerme ser su secretario de Estado de Comunicación hace seis meses me planteó, desde luego, el mayor de mis retos profesionales hasta el momento. Como todo desafío es al mismo tiempo una oportunidad en la que uno se embarca con ilusión, casi con los ojos cerrados y, en mi caso, con experiencia profesional ya amplia en el lado periodístico de la comunicación.

Hoy ya vamos acompasándonos a los requerimientos de nuestra posición “al otro lado”. Sigo aprendiendo, siempre con la prioridad de facilitar el trabajo de mis compañeros y ser un enlace cercano con la labor no siempre reconocida de la Secretaría de Estado de Comunicación.

¿Cómo has vivido la evolución tecnológica y social y cómo te has adaptado a esta nueva realidad desde tu doble condición de periodista y responsable de la comunicación del gobierno? 

Cuando yo empecé en el periodismo mi principal herramienta de trabajo era un casete compacto que aún conservo. Hoy todo aquello nos parece completamente superado. Gracias al desarrollo tecnológico la comunicación ha ganado casi infinitas posibilidades. Las redes sociales nos permiten, por primera vez en la historia, interactividad inmediata con los usuarios. Son una oportunidad extraordinaria para que el Gobierno se comunique de forma directa, casi personal, con el ciudadano. Casi el 85% de los españoles son activos en internet y pasan un tercio de su tiempo de navegación en una red social.

"Debemos redefinir nuestro papel como garantes de la verdad ante el obsceno bombardeo de lo que no lo es"

¿Qué ha supuesto para la comunicación institucional el paradigma de la transparencia y la conversación directa con sus públicos? ¿De qué manera está impactando la transformación digital en la comunicación del gobierno?

La Ley de Transparencia empuja a las administraciones a ser más activas en la difusión de información, a interactuar con ella y fomentar su participación. Internet y las redes sociales nos facilitan esta misión, pero además nos sirven como un canal de escucha activa: saber qué demanda el ciudadano, poder atender sus dudas y consultas. Cercanía y transparencia son esenciales en la comunicación de este gobierno. En nuestras redes, ningún usuario es bloqueado, cualquiera puede comentar sin restricciones los tuits del gobierno. En Instagram, hemos incrementado notablemente nuestras stories y donde hemos multiplicado por cinco el número de seguidores, pasando de los 1.900 a los más de 10.000 que tenemos actualmente. Aspiramos a ser un gobierno abierto a todos.

¿Cuál es en tu opinión el papel actual de los medios y su influencia como generadores de opinión?

Los medios tradicionales compiten directamente con redes sociales. Ambos son creadores de opinión, pero posiblemente en distintos rangos. Un mensaje en Twitter, Facebook, adquiere una difusión inmediata y ligera, pero carece de profundidad argumentativa. Uno de los más importantes generadores de opinión y agenda sigue siendo la radio. Los magazines de las mañanas marcan mucho la actualidad y el desarrollo de la agenda del día, pero no hay que olvidar cómo una publicación viral puede darle la vuelta a la actualidad. Creo que este fenómeno será incluso más fuerte conforme los jóvenes, que apenas usan medios tradicionales, vayan haciéndose adultos.

Desde tu posición, ¿cuál crees que será el siguiente paso en la comunicación, qué nueva revolución esperas de este sector para que siga contribuyendo a mejorar la relación entre las instituciones y la sociedad?

Una de nuestras preocupaciones en la comunicación del Gobierno y que creo que comparten los compañeros del sector de uno y otro lado es la lucha contra la desinformación intencionada. Es una preocupación mundial. Aunque todos conocemos el fenómeno como fake news, la propia Comisión Europea, que ha estudiado el fenómeno en profundidad, desaconseja usar esa expresión pues no parece abarcar la extensión real de lo que las noticias falsas pueden ser. Estamos ante un escenario, el de la posverdad, que ha definido muchos de los desenlaces políticos más rupturistas de nuestro entorno, como el Brexit o la victoria de Donald Trump. Los estudios muestran que las mentiras en internet se propagan más deprisa que cualquier verdad, y que los desmentidos deberían ser al menos 6 veces más ‘potentes’ que un bulo para alcanzar su misma difusión. Esto hace bueno ese dicho de “miente, que algo queda”.

Decía Montaigne que “la mentira es un vicio maldito y si supiéramos su trascendencia, la perseguiríamos”. Ese es el deber del periodismo, el compromiso con la verdad. Debemos redefinir nuestro papel como garantes de la verdad ante el obsceno bombardeo de lo que no lo es.

Secretario de Estado de Comunicación @maoliverf

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