E

l autor ahonda en cómo la información ha claudicado en aras del entretenimiento, apelando a unas emociones primarias que excluyen lo más característico del ser humano: el pensamiento crítico.

Un problema creciente entre los gabinetes de comunicación y las agencias es que no consiguen situar los logros de sus clientes en los medios de comunicación si no es pagando por ello cantidades que antes se dedicaban sólo a publicidad. Lo lógico sería que, si una empresa hace algo que aporta valor a la sociedad, no tuviera que pagar por salir en prensa; y al revés: una empresa que no aporte valor tendrá que pagar publicidad en los medios para poder salir.

Así, el trabajo de las agencias de comunicación y los profesionales que desempeñan esa función debe ser la de convencer a sus clientes de que, si quieren tener repercusión positiva en los medios, tienen que hacer cosas que aporten valor social. Y las agencias tienen que saber escuchar qué demanda la sociedad para detectar qué es lo que esta valora. Esto es una conversación.

Estamos en el momento en que tenemos más posibilidades de conexión con el prójimo que nunca y, sin embargo, la calidad de comunicarnos con ellos está menguando a marchas forzadas. El aumento del individualismo entendido como narcisismo y sobre todo egolatría, ha situado al mensaje del “otro”, en un segundo plano. De manera que el otro se convierte en una mera extensión interesada de nosotros para poder usarlo como referente, pero rara vez como un igual al que escuchar. El arte de la conversación se está perdiendo y se impone la constante voluntad de hacerse oír, pero no de escuchar. El ‘formato debate’ ha vencido al diálogo, de manera que siempre nos parece que es más importante decir, convencer, ganar… que escuchar. Y como la turbotemporalidad se apodera de nosotros, queremos vociferar del modo más rápido y directo posible, por medio de eslóganes, reflexiones tan breves que no precisen ser pensadas pero que buscan conmocionar/emocionar en el mismo instante en el que se leen, ven, consumen…

Emociones que no pretenden ser análisis profundos de cara a modificar nada y que encuentran como aliados las redes sociales, por donde termina colándose el fenómeno de las fake news y de la posverdad.

La posverdad se enfatiza cuando el dato objetivo, la realidad, importa menos que los llamamientos a la emoción o las creencias. Poco importa si el dato es verdadero o contrastable ya que la esencia se centra en provocar ese impacto emocional en el receptor del mensaje. Lo que no deja de ser paradójico es que el mensaje, al entrar en el canal de la emoción por medio de las RRSS, diluye su capacidad de impacto con la misma rapidez con la que se consigue, puesto que las tendencias eclosionan cada vez con más rapidez.

"Pasamos rápidamente de una fascinación a otra, sin pasar por una fase esencial de pensamiento crítico"

Si queremos dejar huella, si la intención es dejar una estela que dure, tenemos que apelar a una comunicación que requiera el pensamiento crítico, más prolongada en el tiempo, más duradera. Pero los tiempos actuales están eliminando el pensamiento crítico guiados por varios factores:

– La infantilización del público de los medios de comunicación. Los medios y las redes sociales tratan al público como a niños a los que se teledirige emocionalmente en lugar de educarlos en el uso del pensamiento crítico. La televisión fue la primera en ofrecer al público lo que quería ver, la audiencia determinaba la programación. La prensa escrita optó al principio por el análisis, pero con la digitalización, la prensa ha claudicado y ha entrado en el mismo juego que las televisiones. Igual que si a un niño le das siempre lo que quiere para que no llore, al público que le das siempre lo que quiere, dejando la educación mediática en un etapa de desarrollo infantilizada.

– La turbotemporalidad en la que vivimos, y la devoción por lo nuevo, la neofilia. Esta sociedad audiovisual consume información a través de pantallas y el tiempo que se dedica a cada información es muy breve. Pero además el público ha decidido ver noticias como forma de entretenimiento, ha pasado de ser público informado a ser público entretenido.

El formato de noticias busca provocar el asombro, decimos “qué barbaridad”, y pasamos rápidamente a la siguiente, de una fascinación a otra, sin pasar a una fase esencial del pensamiento crítico: el cuestionamiento.

– El mercado de las emociones, el modelo de felicidad que se nos está vendiendo, basado no ya en consumir cosas, que ahora parece inmoral, sobre todo con la necesidad de frenar el cambio climático, sino en consumir experiencias. El periodismo ha entrado en esa fase de noticias emocionales que llegan rápidamente, y que funcionan en la parte más primaria del ser humano, la que no necesita reflexión. Este imperio de las emociones, sin embargo, solo apela a emociones superficiales que eclosionan rápidamente no dejando la opción de encontrar emociones serenas y duraderas que nos acompañen como modelo de vida. Si no educamos al consumidor de medios, la calidad de sus emociones seguirá siendo baja. Es como el visitante de la Capilla Sixtina; si no está educado en la estética de Miguel Ángel, es probable que le guste pero su emoción no vaya más allá de eso.

Si, por el contrario, ha educado su gusto estético y ha estudiado la obra de Miguel Ángel, entonces la intensidad y la calidad de sus emociones será infinitamente superior. Por eso insisto en que los medios tienen la responsabilidad de cultivar ese criterio y educar al consumidor para que desarrolle un criterio de más calidad, un pensamiento crítico de más impacto.

"El pensamiento crítico es la única herramienta para hacer frente a este modelo de vida materialista, a este consumo infinito de emociones"

¿Cómo se educa el pensamiento crítico? Es un tema de trabajo a largo plazo. La idea es que las personas sean conscientes de sus circunstancias y de las circunstancias de los demás, y eso se educa desde la infancia.

Tenemos que educar a las personas a que sepan identificar la realidad de las circunstancias que les rodea, tanto las circunstancias reales como las virtuales, que analicen aquello que pueden modificar y está en sus manos, y lo que no depende de ellos.

Que aprendan a realizar un ejercicio de empatía intelectual con las personas que les rodean y con los personajes virtuales que a diario forman parte de las redes y medios de comunicación. Junto a esto, tenemos que educarlos para que estudien los distintos contextos en los que se mueven durante la vida, que sepan qué se requiere en cada contexto, qué nivel de realidad hay en cada uno de ellos. Tienen que aprender a preguntarse por las características de los contextos que les rodean con el fn de no dejarse manipular.

El público ha perdido esa fase de cuestionamiento. Las noticias se consumen y se comparten sin realizar análisis de las circunstancias ni del contexto, sin preguntarse por el periodista o por el medio de comunicación que consumen; quién es ese periodista, de quién es el medio, etc. Tengo la sensación de que somos la sociedad con peor calidad de cuestionamiento de todas.

Este tipo de ejercicio de pensamiento crítico lo hemos realizado con niños en colegios y en casas. Los niños con los que trabajamos el pensamiento crítico no sólo aprenden a analizar. A medida que van creciendo, tienen más capacidad de preguntar y el cuestionamiento se convierte en un hábito, en un modo de pensar.

Y con el tiempo, van aprendiendo a seleccionar las mejores preguntas, las que son trascendentales para que la información se convierta en conocimiento. Pero no hay interés en trabajar el pensamiento crítico. Primero, porque en estos tiempos de turbotemporalidad, cualquier proceso educativo que precise un tiempo de sedimentación no sólo no se pone de moda, sino que no es apto para la sociedad contemporánea.

Y segundo, porque el sistema podría peligrar: el pensamiento crítico es el último enemigo que le quedaba al neoliberalismo después de vencer al comunismo y al idealismo; es la única herramienta que podría plantarle cara a este modelo de vida materialista, a este consumo infinito de emociones que ha disfrazado el consumo material. Consumo de experiencias, de viajes, de restaurantes, de apps de moda, y todo hay que experimentarlo ya, porque la tendencia cada vez se evapora más rápida.

Un público infantilizado, igual que un niño mimado, puede que no tenga rabietas, pero como niño su perspectiva vital será una perspectiva infantilizada y superfcial, no habrá calidad ni profundidad en su vida. La filosofía y todo aquello que contribuya a tener un público informado y no meramente entretenido ayudará a crear una sociedad más exigente y analítica y por lo tanto más capacitada para tomar mejores decisiones (veáse las últimas elecciones de EE.UU. o de Brasil) y para eso tenemos que mejorar la calidad de la comunicación y potenciar la conversación.

Si las empresas quieren ser percibidas de manera inteligente y valoradas con un análisis de calidad, tendrán que aprender a transmitir mejor el valor social que aportan, de lo contrario tendrán que pagar por publicitarse.

Filósofo @srjosekarlos

Perspectivas wellcomm 2019

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